Un libro que sale a la venta hoy en Italia, «La non-violenza. Una storia
fuori dal mito», del profesor Domenico Losurdo explora el concepto de
no violencia y su uso en la historia contemporánea. Dejando de lado las
ideas preconcebidas, muestra también sus ambigüedades.
El profesor Domenico Losurdo responde a las preguntas de Marie-Ange Patrizio sobre este tema.
Pressenza, Red Voltaire. Lo que a menudo ha sido una exigencia de carácter pacifista, también
puede ser una manera de huir de las responsabilidades y se convierte hoy
en un disfraz de la propaganda para justificar todo tipo de
injerencias.
Marie-Ange Patrizio: El concepto de no violencia nos hace pensar inmediatamente en Gandhi. ¿Qué piensa usted de esa gran personalidad histórica?
Domenico Losurdo: Hay que separar la evolución de
Gandhi en dos fases. Durante la primera fase, Gandhi no tiene para nada
en mente la emancipación general de los pueblos colonizados. Por el
contrario, lo que hace es exhortar a la potencia colonial, Gran Bretaña,
a no confundir el pueblo indio –que, al igual que los ingleses,
proviene de una antigua civilización y cuyos orígenes raciales son
«arios»– con los negros, ni tampoco con «los rústicos cafres, quienes
tienen la caza como ocupación y cuya única ambición consiste en reunir
cierta cantidad de cabezas de ganado para conquistar una mujer y llevar
posteriormente una existencia de indolencia y desnudez» (sic).
En aras de obtener la aceptación de la raza dominante, del pueblo de
señores (arios y blancos), a principios del siglo 20 Gandhi llama a sus
compatriotas a ponerse al servicio del ejército imperial, que había
emprendido por aquel entonces una feroz campaña de represión contra los
zulúes.
Lo más importante es que, durante la Primera Guerra Mundial, el
presunto campeón de la no violencia decide reclutar 500 000 hombres para
el ejército británico. Pone tanto celo en esa tarea que incluso envía
una carta al secretario personal del virrey: «Me parece que si me
convirtiera en reclutador en jefe, yo sería capaz de sumergirlo de
hombres». Al dirigirse a sus compatriotas y al virrey, Gandhi insiste de
manera casi obsesiva en su propia disposición a asumir el sacrificio
del que todo un pueblo está llamado a dar prueba: hay que «ofrecer al
Imperio nuestro apoyo total y decidido»; la India debe estar dispuesta a
«ofrecer, en el momento crítico, sus hijos sanos para que se
sacrifiquen por el Imperio», a «ofrecer en este momento crítico todos
sus hijos aptos para el combate como ofrenda al Imperio»; «en defensa
del Imperio debemos dar todos los hombres de que dispongamos».
Dando muestra de una coherencia de acero, Gandhi expresa el deseo de que sus propios hijos se enrolen y participen en la guerra.
Marie-Ange Patrizio: En ese sentido, usted
contrasta la actitud de Gandhi con la del movimiento antimilitarista de
inspiración socialista y marxista y el que sale mejor parado [en la
comparación] es precisamente este último.
Domenico Losurdo: Sí. Yo refuto el mito de que el
marxismo es sinónimo de culto a la violencia. Como ejemplo cito en
particular a Karl Liebknecht, quien fue posteriormente uno de los
fundadores del Partido Comunista alemán, antes de ser asesinado con Rosa
Luxemburgo. Después de haber luchado durante mucho tiempo contra el
rearme y contra los preparativos para la guerra, al ser llamado a partir
para el frente, antes de su arresto por pacifista, Liebknecht envía a
su esposa y sus hijos una serie de cartas: «No voy a disparar […] Yo no
voy a disparar aunque me lo ordenen. Podrán fusilarme por eso».
Marie-Ange Patrizio: Queda el hecho de que Liebknecht acaba por saludar la violencia de la Revolución de Octubre, dirigida por Lenin.
Domenico Losurdo: No hay que perder de vista que al
principio de la Primera Guerra Mundial, Lenin, lejos de celebrar como
Gandhi el valor de la vida militar y de la lucha en el frente, expresa
su «profunda amargura».
La esperanza, que reviste un carácter moral antes de ser de carácter
político, renace en él gracias a un fenómeno que pudiera quizás frenar
la infernal máquina de la violencia: se trata de la «fraternización
entre los soldados de las naciones beligerantes, incluso en las
trincheras». Lenin escribe: «Está bien que los soldados maldigan la
guerra. Está bien que exijan la paz. La fraternización puede y debe
convertirse en fraternización en todos los frentes. El armisticio de
hecho en un frente puede y debe convertirse en armisticio de hecho en
todos los frentes».
Desgraciadamente, esa esperanza no se cumple. Los gobiernos
beligerantes tratan la fraternización como una traición. Es en ese
momento que se plantea la necesidad de escoger, no ya entre la violencia
y la no violencia, sino más bien entre la violencia a través de la
continuación de la guerra o la violencia de la revolución llamada a
poner fin a una carnicería carente de sentido.
No existe diferencia alguna entre los dilemas morales de Lenin y los
dilemas morales que enfrentan, en Estados Unidos, los pacifistas
cristianos de las primeras décadas del siglo 19 (mi libro parte de ese
momento de la historia). Contrarios a cualquier forma de violencia así
como a la esclavitud de los negros (que constituye en sí misma una forma
de violencia) en momentos en que se perfila y finalmente estalla la
guerra de Secesión, los pacifistas cristianos se ven ante una trágica
disyuntiva: ¿dar su apoyo directo o indirecto a la continuación de la
forma particularmente horrible de violencia que es la institución
esclavista o unirse a esa especie de revolución abolicionista que acaba
siendo la guerra de la Unión? Los pacifistas más maduros escogen la
segunda solución. Adoptan una posición similar a la que más tarde habrá
de caracterizar a Lenin, Liebknecht y los bolcheviques en su conjunto.
Marie-Ange Patrizio: Dejamos a Gandhi en su
papel de reclutador al servicio del ejército británico. Usted mencionó
una segunda fase. ¿Cuándo y cómo se produce?
Domenico Losurdo: Dos acontecimientos lo condujeron a
ella: uno de carácter internacional y otro nacional. La Revolución de
Octubre y la difusión de la agitación comunista en las colonias y en la
propia India imprimen un formidable impulso a la ideología de la
pirámide racial y convierte en algo obsoleto la aspiración a obtener la
aceptación de la raza blanca o aria, que se verá entonces ante la
rebelión generalizada de los pueblos de color.
Pero el factor decisivo es una experiencia directa y dolorosa para el
pueblo indio. Este último esperaba mejorar su condición luchando
valientemente en las filas del ejército británico durante la Primera
Guerra Mundial. Sin embargo, apenas terminadas las celebraciones por la
victoria, el poder colonial comete la masacre de Amritsar, durante la
primavera de 1919.
Esa represión no sólo cuesta la vida a cientos de indios desarmados
sino que constituye además una terrible humillación nacional y racial ya
que se obliga a los habitantes de las ciudades rebeldes a arrastrarse a
cuatro patas para regresar a sus casas o salir de ellas. Como dice el
propio Gandhi, «hombres y mujeres inocentes fueron obligados a
arrastrarse como gusanos, sobre el vientre».
El resultado es una ola de indignación provocada por las
humillaciones, por la explotación y la represión impuestas por el
Imperio británico. Su comportamiento es un «crimen contra la humanidad,
posiblemente sin paralelo en la historia». Todo eso hace que desaparezca
entre los indios el deseo de ser aceptados como miembros de una raza
dominante que ahora les parece odiosa y capaz de cualquier infamia.
Marie-Ange Patrizio: ¿A partir de qué momento toma Gandhi realmente en serio su compromiso con la no violencia?
Domenico Losurdo: En realidad, en el segundo Gandhi
la disposición a llamar a sus compatriotas a lanzarse a los campos de
batalla al lado de Gran Bretaña no ha desaparecido en lo absoluto, sólo
que ahora pone la independencia de la India como condición a ese llamado
a las armas.
Resulta sin embargo difícil imaginar a ese segundo Gandhi
promocionando la participación de sus compatriotas en la represión de
una rebelión como la de los zulúes (pueblo cruelmente oprimido por el
colonialismo). A partir de la Revolución de Octubre y de la represión de
Amritsar el movimiento independentista indio se convierte en parte
integrante del movimiento de liberación de los pueblos oprimidos. Y
Gandhi se identifica plenamente con ese movimiento, sin hacer ningún
tipo de distinción entre violentos y no violentos.
En junio de 1942, Gandhi expresa su «profunda simpatía» y su
«admiración por la heroica lucha y los infinitos sacrificios» del pueblo
chino, decidido a defender «la libertad y la integridad» del país. Se
trata de una declaración contenida en una carta dirigida a Chiang
Kai-Shek, por entonces aliado del Partido Comunista Chino. Todavía en
septiembre de 1946 –o sea cuando ya Churchill había comenzado la guerra
fría con su discurso de Fulton– Gandhi expresa su simpatía por el «gran
pueblo» de la Unión Soviética, dirigido por «un gran hombre como
Stalin».
Marie-Ange Patrizio: Usted hace un juicio muy
positivo sobre el segundo Gandhi, pero se muestra muy crítico con
respecto al Dalai Lama, tan celebrado en nuestra época como heredero de
la tradición no violenta.
Domenico Losurdo: Yo cito en mi libro a un ex
funcionario de la CIA que declara tranquilamente que la no violencia era
una «pantalla» que el Dalai Lama utilizaba para las relaciones públicas
de la revuelta armada que él mismo estimulaba en el Tibet, gracias al
financiamiento y las armas provenientes de los arsenales estadounidenses
[1]. Pero esa revuelta fracasó porque carecía del apoyo de la
población. Este ex funcionario de la CIA agrega que, a pesar de su
fracaso, aquella operación arrojó, para Estados Unidos, una serie de
enseñanzas posteriormente aplicadas «en lugares como Laos y Vietnam», o
sea en guerras coloniales que clasifican entre las más bárbaras del
siglo 20.
Mientras que el Dalai Lama era recompensado en Washington con
reconocimientos y homenajes, Martin Luther King organizaba la oposición
contra la guerra de Vietnam y acababa muriendo asesinado precisamente
por esa causa.
No menos clara resulta la total contradicción entre Gandhi y el Dalai
Lama. El primero habla de «métodos hitlerianos» y de «hitlerismo» al
referirse al bombardeo atómico contra Hiroshima y Nagasaki. Abramos
ahora el Corriere della Sera del 15 de mayo de 1998. Junto a una foto
del Dalai Lama, en la que aparece con las manos unidas como para rezar,
encontramos un pequeño artículo muy claro desde el propio título: «El
Dalai Lama se pone del lado de Nueva Delhi: “Ellos también tienen
derecho a la bomba atómica”», para que sirva de contrapeso –según se
precisa después– ante el arsenal nuclear chino. Por supuesto, no aparece
[en ese artículo] ni una palabra sobre la amenaza que representa el
arsenal nuclear de Estados Unidos, frente al cual se concibió el modesto
arsenal chino.
Y así pudiéramos seguir citando ejemplos similares...
Marie-Ange Patrizio: ¿Existe algún otro factor?
Domenico Losurdo: La identificación de Gandhi con el
movimiento anticolonialista es tan fuerte que el 20 de noviembre de
1938, al denunciar la barbarie de la Noche de los Cristales Rotos y las
«persecuciones antijudías» que «parecen no tener precedente en la
historia», Gandhi no vacila en condenar la colonización sionista en
Palestina como «incorrecta e inhumana» y contraria a todo «código moral
de conducta».
No creo que el Dalai Lama haya expresado nunca simpatía por las
víctimas de la colonización sionista, y no puede ser de otra manera ya
que los protectores estadounidenses de «Su Santidad» son los principales
responsables, junto a los dirigentes israelíes, del interminable
martirio impuesto al pueblo palestino.
Marie-Ange Patrizio: Además del Dalai Lama,
usted expresa también bastantes críticas sobre las «revoluciones de
colores», cuyo origen sitúa usted en los incidentes de la Plaza
Tiananmen.
Domenico Losurdo: Los documentos hoy disponibles, y
que fueron publicados y celebrados en Occidente como la revelación final
de la verdad, los llamados Tienanmen Papers, demuestran sin que quede
sombra de duda que las manifestaciones que se desarrollaron en Pekín (y
en otras ciudades de China) durante la primavera de 1989 fueron
cualquier cosa menos pacíficas. Los manifestantes utilizaron incluso
gases asfixiantes y disponían de medios técnicos tan sofisticados que
les permitieron falsificar la edición del Diario del Pueblo. Fue
claramente un intento de golpe de Estado [2].
Las sucesivas «revoluciones de colores» [3] han explotado aquel
fracaso creando técnicas más sofisticadas, que se exponen y se enseñan
con pedagógica paciencia en un manual estadounidense traducido a los
diferentes idiomas de los Estados a los que se pretende desestabilizar y
que se divulga gratuita y masivamente [4]. Este manual es una especie
de «Instrucciones para el golpe de Estado», que se ponen en práctica con
ayuda de las embajadas y de ciertas fundaciones estadounidenses y
occidentales. En mi libro lo analizo minuciosamente.
Yo me interrogo –en referencia también a los recientes
acontecimientos de Irán [5], y utilizando siempre mayoritariamente
fuentes y testimonios occidentales– sobre el significado estratégico que
han adquirido actualmente, en el marco de la política de los cambios de
regímenes, herramientas como Internet, Facebook, Twitter, la telefonía
móvil, etc. [6]
Marie-Ange Patrizio: En su libro usted analiza
también el debate teológico y filosófico sobre la violencia, debate que
viene desarrollándose desde el siglo 20 y cuyos protagonistas son
grandes teólogos, como Reinhold Niebuhr y Dietrich Bonhoeffer, y grandes
filósofos, como Hannah Arendt y Simone Weil. Da la impresión que las
simpatías de usted van hacia los teólogos...
Domenico Losurdo: Sí, reconozco el encanto de
Dietrich Bonhoeffer quien, a pesar de haber sido por un tiempo admirador
y discípulo de Gandhi, al enfrentar el horror del III Reich conspira
para organizar un atentado contra Hitler, lo cual lo llevará al
patíbulo. A quienes tratan de tildar de orgía de sangre el episodio
histórico que comenzó en Octubre de 1917 y que prosiguió con las otras
grandes revoluciones del siglo 20, yo quisiera sugerirles que
reflexionen sobre la polémica Bonhoeffer con aquel que «prefiere el
asilo de la virtud privada».
En realidad, es solamente «engañándose a sí mismo [que puede uno]
mantener pura su propia irreprochabilidad privada y evitar que esta se
manche al actuar de forma responsable en el mundo». Esa es la actitud
–afirma el teólogo cristiano– del «fanático» que «se cree capaz de
oponerse al poder del mal con la pureza de su voluntad y de su
principio». En realidad, «está poniendo su propia inocencia personal por
encima de su responsabilidad para con los hombres».
Marie-Ange Patrizio: Partiendo del Dalai Lama y
de las «revoluciones de colores», usted denuncia la transformación del
lema de la no violencia en una ideología de la desestabilización, del
golpe de Estado y, a fin de cuentas, de la guerra. Pero, ¿contiene su
libro un mensaje positivo?
Domenico Losurdo: El libro concluye con un llamado a
imprimir un nuevo impulso a la lucha por la paz a través de la
reactualización de la gran tradición del movimiento antimilitarista.
Posiblemente nunca, a través de la historia, el homenaje a la no
violencia haya sido tan insistente como en nuestros días. Rodeado de una
aureola de santidad, Gandhi goza de una admiración y de una veneración
indiscutidas y universalmente reconocidas.
Los héroes de nuestra época reciben la consagración en la medida en
que, en base a motivaciones reales o a cálculos de realpolitik, se les
incluye en el panteón de los no violentos. Pero la violencia no ha
disminuido por ello y se manifiesta no sólo en las guerras y en las
amenazas de guerra, sino también a través de bloqueos, embargos, etc. La
violencia sigue expresándose, incluso bajo sus formas más brutales.
Recientemente pudimos leer en el Corriere della Serra a un ilustre
historiador israelí que mencionaba tranquilamente la posibilidad de «una
acción nuclear preventiva por parte de Israel» contra Irán. La paradoja
reside en que, para ser eficaz, la lucha por la paz tiene que ser capaz
de desenmascarar la transformación, promovida por el imperialismo, de
la no violencia en una ideología llamada a justificar la prevaricación y
la ley del más fuerte en las relaciones internacionales y, finalmente,
en guerra.
Entrevista realizada en italiano.
El libro de Domenico Losurdo, La non-violenza. Una storia fuori dal mito, sólo existe actualmente en italiano. Puede ser adquirido por correspondencia a través de la casa editora Laterza (287 p., 22 euros).
[1] «El Dalai Lama y Obama: encuentro entre dos Premios Nóbel de la mentira», por Domenico Losurdo, Red Voltaire, 5 de febrero de 2010.
[2] «Tienanmen, 20 ans après», por Domenico Losurdo, Réseau Voltaire, 9 de junio de 2009.
[3] «La technique du coup d’État coloré», por John Laughland, Réseau Voltaire, 4 de enero de 2010.
[4] «La Albert Einstein Institution: no violencia según la CIA» e «Impérialistes de droite et impérialistes de gauche», por Thierry Meyssan, Réseau Voltaire, 4 de junio de 2007 y 25 de agosto de 2008.
[5] «La CIA y el laboratorio iraní» y «¿Por qué tendría yo que repudiar la voluntad de los iraníes?», por Thierry Meyssan; «Las elecciones iraníes: el timo del robo electoral», por James Petras, Red Voltaire 17, 19 y 21 de junio de 2009.
[6] «La "revolución de color" fracasa en Irán», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 24 de junio de 2009.
miércoles, 18 de julio de 2012
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