por Carlos Ayala Ramírez
Es comúnmente aceptado que el nivel de salud de la población es uno de
los indicadores que mejor expresa su calidad de vida. Por consiguiente,
la salud y el bienestar están estrechamente vinculados. Esa relevancia
que tiene la salud para la gente está plasmada en la Constitución
salvadoreña.
Pressenza, San Salvador. Allí se establece, en el artículo 65, que "la salud de los habitantes
de la República constituye un bien público” y que "El Estado y las
personas están obligados a velar por su conservación y
restablecimiento”. El artículo 66 asigna además al Estado la
responsabilidad de dar asistencia gratuita a los enfermos que carezcan
de recursos. No obstante, del total de la población que se enferma en el
país, el 40% no recibe servicios de salud, y aproximadamente solo el
20% de la población tiene algún seguro de salud.
La falta de recursos, la insuficiencia del personal en muchos
servicios, la falta de modernización de las estructuras, los obstáculos
burocráticos, son factores que excluyen o discriminan de lo que debe ser
parte del bien común: la salud. De ahí que podamos afirmar que
deshumanización de la salud es designarle pobres presupuestos. En El
Salvador esta falta de equidad se aprecia en el hecho de que somos uno
de los pocos países de América Latina en los que el gasto privado en
salud, estimado en más del 4% del Producto Interno Bruto (PIB), supera
al gasto público (3.6%). Esta situación contrasta con la de países
vecinos como Costa Rica y Panamá, que poseen una estructura de gasto más
coherente con el principio de garantizar el derecho a la salud a toda
la población. Su gasto público general en salud como porcentaje del PIB
es de 5.9% y 4.3%, respectivamente.
Deshumanización de la salud es el hecho -más o menos común en las
distintas sociedades– de que la medicina moderna ha llegado a niveles
muy altos de desarrollo (técnico y científico); pero con ese desarrollo
coexiste un riesgo silencioso y manifiesto: olvidar que el enfermo es,
ante todo, un ser humano y no simplemente un organismo que necesita
reparación. Cuando la técnica sólo busca la eficacia del tratamiento,
sin un encuentro mayor con la persona (calidez), la dimensión humana
desaparece, porque no queda sitio para la individualidad, ni hay
respuesta para sus demandas psicológicas y afectivas. Resulta
contradictorio que en el tratamiento médico se procura que haya un
equipo de especialistas, una vigilancia constante sobre las diferentes
funciones del organismo y la ayuda de todos los aparatos necesarios, sin
embargo, con frecuencia se echa de menos el calor humano que acompañe
en el dolor y en el sufrimiento que provoca la enfermedad. Aunque sus
reacciones biológicas pueden estar perfectamente controladas, la soledad
y la angustia del enfermo no se reflejan en ninguna pantalla.
Deshumanización es también convertir al enfermo en un cliente. En
tiempos donde casi todo se mira con los ojos de la rentabilidad, los
hospitales y los profesionales de la salud viven bajo dos fuertes
presiones: convertir la profesión o la institución en empresas
predominantemente lucrativas, o la de ofrecer servicios altamente
tecnificados (habitualmente onerosos), pero en los que el paciente es
tratado como un simple historial médico. Cuando la salud se deja al
dinamismo del mercado el enfermo es visto como un cliente (con capacidad
de pago). No objetamos el cobro por servicios profesionales en la
práctica privada. Lo que sí preocupa es convertir la medicina en un
negocio, donde lo que predomina es el afán de lucro que puede llevar a
cobros excesivos, a procedimientos, hospitalizaciones y consultas
innecesarias, a la privatización de un derecho social fundamental.
Frente a los peligros deshumanizantes, se plantea ahora, desde la
ética, la necesidad de humanizar los servicios de salud. Esto supone,
entre otras cosas, recuperar el sentido de la enfermedad, del dolor y
del sufrimiento desde el reconocimiento de la dignidad de la persona. La
medicina en cuanto praxis racional, tiene como destinatario al ser
humano en su integralidad (como sujeto a enfermedad y salud). Si decimos
que el enfermo o la enferma no han de ser tratados como objetos sino
como sujetos, no como cosas sino como personas, esto no se debe
primariamente a la relación interpersonal médico/enfermo, sino al hecho
objetivo de que la medicina trata personas y no sólo con cuerpos Si esto
es así, la práctica médica habrá de caracterizarse por mantener
entrañas de misericordia y potencial de ternura ante el sufrimiento
ajeno.
La humanización de la salud exigiría realizar una medicina
técnicamente buena. Dominar los conocimientos, la experiencia, la
técnica. Un buen personal de salud sería el que hace buena medicina
científica y técnicamente hablando. Tener el saber y buscar lo que es
mejor para el ser humano concreto, sujeto de salud o enfermedad. Esto
implica prevenir el peligro de la mala praxis, al menos en la parte que
le corresponde al profesional de la salud.
La humanización exigiría también que la preparación académica de los
profesionales de la salud debe tener en cuenta la dimensión humana y
psicológica. En la medida en que avanzan las técnicas y se perfeccionan
los aparatos, parece que todo esfuerzo se dirige a un conocimiento mayor
de su uso, mientras disminuye la capacidad de prestar al enfermo otro
tipo de ayuda humana que también necesita. Acompañar al paciente en su
enfermedad, dolor y sufrimiento, implica un aprendizaje humano y
académico. Este aspecto no hay que dejarlo a la buena voluntad o a las
cualidades humanitarias innatas del personal médico. Aquí tiene que
haber una formación ética de cierta profundidad y consistencia.
Humanizar la salud, en fin, exige indignación y lucha frente a las
carencias de salud por motivos estructurales. La indignación supone
desenmascarar la violación sistemática de un bien público sustancial
relacionado con el derecho a la calidad de vida. Y la lucha implica el
impulso de reformas al sistema de salud, que cambien su carácter
burocrático, centralizado, excluyente, deficiente, desfinanciado y
carente de sostenibilidad humana. El horizonte de estas reformas ha de
ser el ejercicio efectivo del derecho a la salud para las mayorías
populares, quienes presentan los mayores riesgos de enfermar y morir de
forma prematura.
miércoles, 18 de julio de 2012
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